Ayer volví a tener una de esas largas noches. Noches largas e interminables, donde te coge un “ataque”. Sientes que va a pasar, y no puedes evitarlo. Has hecho años de terapia, está controlado, pero de vez en cuando sucede.
Mi cerebro se activa de repente, y empieza a pensar, y pensar, y pensar. Y lo hace a una velocidad de vértigo. Sería incapaz de expresar en palabras lo que me pasa por la cabeza, estaría diciendo la primera palabra, y mi cabeza ya ha cambiado de tema. Va tan rápida, y tan descontrolada, que notas que te sube la temperatura, y no puedes hacer nada para frenarla.
Y luego piensas en paralelo. Tienes a la misma vez 2 cosas en la cabeza. Es como si me pusiera a escribir, y con una mano estuviera escribiendo un libro, y con la otra haciendo un dibujo. No hay micropausas para cambiar de un tema a otro. Los dos transcurren, a la vez.
Y empieza el problema, el peor terror que una persona puede tener. Las dudas. Unos tienen miedo a las arañas, otros a los escarabajos, las alturas, las ratas… Un escarabajo se mueve por la noche, para que no lo veas. Una rata vive en el subsuelo y huye de ti. Una araña no puede hacerte daño. Las alturas son relativas. Todo eso es insignificante, pero una duda te bloquea. No sabes que hacer, pierdes el control, y dejas de ser una persona racional. Las dudas me hicieron no dar un beso. Ese beso. Lo recordaré toda la vida. Ya hace muchos años de ese momento, pero siempre recuerdo que cuando tuve la oportunidad no di el beso que quería dar, y me arrepentiré toda la vida. Quién sabe si en un futuro podré dar finalmente ese beso, pero ya no será lo mismo, habrá perdido toda la magia del momento. Quién sabe si es por eso que me cuesta tanto enamorarme. Quizás sigo enamorado después de tantos y tantos años, y no busco una persona especial. Busco esa persona especial.
Pero las dudas siguen ahí. ¿Por qué no has hecho eso? ¿Por qué no hacer esto otro? Porque. Las dudas se mezclan con los proyectos empezados y nunca terminados. Ese fascículo de “Aprende a…” que nunca has llegado a abrir, ese libro encima de la mesa que no empiezas a leer, una carrera universitaria, un sinfín de proyectos pendientes que no terminas nunca.
Las 12, la 1, las 2, las 3, las 4 y tu cabeza sigue, y sigue. No puedes frenarla. La cabeza está hirviendo, y te duele. Hasta que se agota, y de repente para.
Lo que era como una autopista de 10 carriles de diferentes sentidos, se convierte en un único sentido, y los carriles se van fusionando, y empieza a reducir la velocidad. Hasta que lo consigues. Una sola cosa en la cabeza, una sola dirección. A una velocidad moderada. Pero estás agotado y te vas relajando, te vas serenando, y te vas durmiendo.
Ahora es el momento de hacer unos cambios. Pequeños cambios, sin prisa pero sin pausa. Hoy ya he hecho uno.